MIRADAS CONSTITUCIONALES

Iván Witker, profesor de la Escuela de Gobierno y Comunicaciones, Universidad Central

Santiago, 15 Septiembre 2020

La efervescencia constituyente que vive el país da cuenta de un malestar real con un tipo de situación habitualmente reificada en la Carta Magna. No deja de llamar la atención lo variopinto de las respuestas cuando se pregunta a los partidarios del cambio constitucional acerca de la necesidad del mismo y del carácter de la próxima. Como se sabe, muy probablemente la mayoría de los chilenos cree indispensable incluir en la Carta Magna una cierta cantidad de derechos sociales que estiman no adecuadamente consagrados en la actualidad.

Por lo tanto, el momento constitucional es irrebatible. Sin embargo, hay dos hechos que invitan a reflexionar out of the box sobre la necesidad del cambio y el carácter de la próxima. Primero: la constatación fáctica de que los países que más veces han cambiado su Constitución, y que le han introducido toda clase de aseguramiento de derechos sociales, rara vez los cumplen. Surge la duda razonable, ¿por qué habría de ser distinto en Chile? De hecho ya ocurre. La actual, consagra por ejemplo el derecho de tod@s a vivir en un ambiente no contaminado y, pese a ello, existen las zonas de sacrificio. Dos: otra constatación fáctica. Los países más avanzados en materia social, como son los escandinavos, sólo incluyen grosso modo el aseguramiento constitucional de tales derechos; ello producto que el spiritus movens de la sociedad es el estado de bienestar. Parece entonces sugerente una reflexión más bien de índole cultural (y politológica, desde luego), para argumentar a favor de un cambio constitucional, pero de otro tipo, que vaya más allá de lo estrictamente balsámico.

En efecto, lo que parece haber llegado a su límite final en Chile es más bien la forma en cómo nos organizamos políticamente. Ejemplos que fundamentan este aserto, son muchos. La crisis de una institución tan clave para la representatividad, como es el Congreso, es probablemente el mayor indicativo en tal dirección. Pero hay otras. Las duras críticas contra la clase política in toto, por ejemplo. La evidente crisis de las cúpulas de todos los partidos, otra. El desgano de militar en partidos políticos oligarquizados, otra. El surgimiento de una multitud de nuevos partidos, tan minúsculos como irrelevantes si actuasen en solitario, otra. El incontenible malestar con los modelos electorales ensayados, otra. En fin. La lista es lo suficientemente larga a favor de la idea de una crisis más bien de representatividad que de otra cosa.

Ello apuntaría a la necesidad de explorar otro tipo de innovación constituyente, orientado a difuminar aún más el poder. O sea, a democratizar aún más las estructuras políticas. En esa línea, surgen a primera vista dos innovaciones al Legislativo. Por un lado, el tipo de relación que tienen los parlamentarios con su proveniencia distrital, ¿Para qué tener dos cámaras con el mismo proceso de generación, en función al número de electores?. Los regímenes bicamerales se diferencian. El proceso señalado parece lógico entre los diputados, por tratarse de la cámara política por naturaleza. Los senadores, en cambio, suelen ser producto de otro mecanismo (territorial, institucional u otro) o una combinación de varios.

Sin embargo, la innovación más sugerente es la creación de genuinos parlamentos regionales, que respondan a gobiernos regionales. Y que éstos, a su vez, respondan a voluntades regionales y dispongan de presupuestos regionales efectivos (no de co-participación como es el modelo argentino). En tales condiciones, dicha innovación produciría un efecto multiplicador en cuanto a la representatividad de las fuerzas en competencia, mediante la gestación de partidos regionales, la reconversión de partidos nacionales y el surgimiento de múltiples clases políticas también regionales y con intereses diferenciados.

Más de alguien pudiera suponer que se trata de reivindicar las ideas federalistas de José Miguel Infante (1826). No. Sabido es que, tempranamente, se inició una contra-argumentación a aquello y que su proyecto abortó. Tal vez por razones idiosincráticas o por intereses económicos o por simple prematurez. Como sea, el unitarismo/presidencialismo demostró sus ventajas históricas y permitió que Chile haya alcanzado los índices socio-económicos que se le conocen.

Sin embargo, la realidad actual es diametralmente distinta a antaño. Y así como la organización política muestra signos inequívocos de agotamiento, es igualmente observable y audible la tendencia a la descentralización y la desconcentración. No sólo a las regiones. ¿Qué impide transformar las municipalidades en auténticos gobiernos comunales?. Esto significa que, si ponemos los desafíos en perspectiva futura, y de coyuntura orientada a dar saltos cualitativos, bien pudiera ser que el agotamiento señalado encuentre una interesante vía de salida mediante la introducción de elementos autonomistas en las regiones. O que, al menos, se exploren algunos puntos intermedios, con lógicas híbridas, para lo cual las experiencias más allá de nuestras fronteras, resultan instructivas.

En su momento, una apuesta exitosa en tal sentido hizo España. El consenso post-franquista le dio mayor plasticidad a su proceso democratizador con un original modelo autonómico (no federal). Aunque hoy, éste muestre signos de agotamiento, no cabe duda que fue exitoso en la medida que canalizó las pulsiones durante prácticamente 40 años. No es poco.

Nueva Zelandia, tan admirada transversalmente por las elites chilenas (y buena parte de su clase media), merece también un ejercicio exploratorio. Manteniendo su carácter unitario, entrega amplios niveles de autonomía a las provincias (Unitary authorities) y a algunas ciudades. Se trata de un proceso que igualmente se puede designar como exitoso al haber sido introducido hace ya más de 30 años. En ambos casos, el camino híbrido, bien hecho, contribuyó a la estabilidad.

En conclusión, el período de debate post-plebiscitario bien tiene posibilidades de ser enriquecido en direcciones aún no consideradas.